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30 de abril de 2011

El desvelo de la oscuridad en la obra, "Martirio de Santa Úrsula"

El siguiente post hace referencia a un análisis visual hecho a la obra Martirio de Santa Úrsula (1682), del artista Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, localizada en el Museo de Arte Colonial (Bogotá, Colombia). El análisis fue presentado en el curso de Historia del Arte de la institución (2010). La obra fue hecha al óleo y continua exponiéndose en el museo citado con anterioridad.


EL DESVELO DE LA OSCURIDAD EN LA OBRA:
 “MARTIRIO DE SANTA ÚRSULA”

 “Contra toda opinión, no son los pintores sino los espectadores quienes hacen los cuadros.” – Marcel Duchamp (1887-1968) 




La materia prima con que se trabaja en el “Martirio de Santa Úrsula” es un óleo sobre tela con un marco de madera tallada, compuesto por diversas imágenes humanas y de tradición cristiana, más un entorno que juega un papel activo dentro de la obra. Ángeles y hombres, de figura alargada y curvada que distan de manejar una realización de vista compuesta, se sumergen en una composición donde se crea una firme interacción entre todos sus elementos. Lo evidente denota la existencia de soldados, ángeles, y mártires, elaborados con características cercanas a lo observado por el ser humano, que crean una escena con un alto grado de dramatismo. Esta narrativa permite intuir que se trata de un momento de dolor y sangre. Un mínimo bagaje cultural nos permite resaltar la representación de una escena de la historia cristiana, en tiempos en que los seguidores de Cristo y sus enseñanzas, eran asesinados por sus creencias. Soldados romanos se abanderan en este exterminio, y los mártires caen sin más resistencia que la de sus creencias a los lindes entre la tierra y el cielo. Es un momento solemne el que captura Vásquez de Arce y Ceballos con esta obra. No obstante, hay una realidad que sobresale por encima de los detalles, la oscuridad. Sea por la huella que el pasar de los años ha plasmado en la obra o por la misma intención del artista, el “Martirio de Santa Úrsula” es una obra oscura, y es precisamente esta oscuridad la que invoca el misterio del cuadro. Los detalles quedan cobijados por pinceladas tenues que se funden con el contexto, más si el observador es lo suficientemente cauteloso, logra develar e interpretar la obra. Es decir, que cada pieza en la composición haya su razón de ser en esta; cada expresión, cada hombre caído y cada arquetipo social cumplen una función fundamental en la obra. Frente a lo anterior, se analizarán cinco elementos o registros fundamentales que permitirán realizar una descripción rigurosa de la obra: 1. Los soldados romanos como artífices de la realidad observada; 2. Los mártires como contexto para identificar la realidad de la escena; 3. La multitud de observadores como referencia histórica y cultural; 4. Los ángeles como observadores silenciosos del acontecimiento, pero al mismo tiempo, como  elementos activos de los hechos; y 5. Santa Úrsula como efigie central de la obra contextualizada dentro de las cuatro descripciones anteriores.
En primera instancia, tal vez las primeras imágenes que nos permiten contextualizarnos en tiempo y espacio, son las figuras de los soldados romanos en la parte izquierda de la obra. Estos personajes se identifican por sus trajes: casco y una vestimenta de colores rojos y negros, que las convenciones de la cultura permiten identificar como elementos iconográficos. Así mismo, la presencia de arcos y flechas, manifiestan su carácter bélico. Estos elementos manejan un cierto grado de naturalismo, donde las telas y la luz juegan un papel importante para justificar la anterior afirmación. Por otra parte, su posición informa al observador sobre la acción que realizan. Tensionados, y con los arcos y flechas apuntando hacía la multitud, es posible inferir que su mandato es atacar y asesinar a aquellos que componen el resto de la obra. Particularmente, son los únicos personajes de la composición a los que se dificulta descifrar sus expresiones. La oscuridad oculta sus rostros tras las sombras de lo desconocido, lo que, de una forma arbitraria y tal vez alejada de la realidad, permite relacionar con la sumisión y la disciplina característica del soldado, no solo de la época romana sino de la actualidad; su actuar se limitaba a acatar las órdenes impuestas por sus superiores como entes externos a la vivencia humana.
Por otra parte, encontramos las imágenes de la multitud que cae, de los mártires sacrificados por sus ideales. La diversidad de estas figuras dota de complejidad y riqueza a la obra. La escena queda detallada y correctamente representada precisamente gracias a dicha pluralidad de situaciones. En estas imágenes, al igual que en las figuras de los soldados, la tela se trata de representar con un cierto grado de naturalismo, así como el juego con la luz y las sombras. Manos y pies también son construidos con gran detalle, y en esta ocasión, a diferencia de la representación de los soldados, sus rostros y cuerpos están colmados de expresión, la expresión de la muerte. La ligereza de sus posiciones manifiesta la pesadez de su cuerpo y la ausencia de vida. Caídos, tendidos sobre el suelo de tierra sin vegetación que contribuye a crear la escena fúnebre que se vivencia, los cuerpos en ocasiones descubren sus caras mortuorias al espectador, en otras simplemente se observa su cuerpo cubierto por ropajes de la época. Concretamente, resalta la figura del hombre que yace sin vida en la parte inferior izquierda del cuadro. Su rostro creado con gran detalle, gesta en la intuición del observador la sensación de hallar un cuerpo que gozaba de vida hacía tan solo un corto período de tiempo, pero además permite percibir una expresión de anhelo en la misma faceta de muerte, una mirada que suplica vida. En pocas palabras, el autor logra colmar de expresión inclusive al mártir caído, y a través de él informar sobre la realidad del escenario. Atando esta escena a la expuesta con anterioridad, el cuadro narra la muerte de los caídos a manos de los soldados.
Además de recrear la escena de los verdugos y los condenados, Vásquez indaga y logra ir más allá; plasma un complemento que confiere a la obra complejidad y referencia histórica y cultural, la multitud de observadores. Con una connotación moral y ética, enmarcada en los lineamientos de la cristiandad, en la parte central izquierda del cuadro se puede distinguir la presencia de dichas figuras que al igual que los mártires caídos, contienen un nivel de personalización que los distingue a unos de otros. Tal es el caso del sacerdote, que con un gesto altivo, camina ante la escena sin siquiera inmutarse por la presencia de la muerte. Dicha altivez revela la relación de los sacerdotes de la época con el nuevo movimiento religioso. El personaje se distingue por las prendas largas y blancas que lo cubren, haciendo uso del sombrero que los sacerdotes llevaban en su tiempo, y una larga barba blanca que le otorga un aspecto superior con relación a las demás figuras de la composición. Sus palmas se juntan expresando su importancia y devoción religiosa, y su rostro se clausura impune al dolor de la muerte. Sin embargo, a su lado se puede distinguir otra figura. A diferencia del sacerdote esta goza de expresividad en su rostro. Se puede sentir la afección que lo perturba, y una mirada anhelante hacía un cielo colmado de ángeles. Es difícil llegar a diferenciar a este grupo de observadores de los mártires caídos. Tal vez es la misma presencia del sacerdote la que permite establecer esta diferencia. Las demás figuras empiezan a verse indefinidas y creadas con menos detalle. Se funden con en pinceladas que divulgan contornos y siluetas reconocidas a través de convenciones que permiten al espectador distinguir las figuras humanas que representan.
En cuarto lugar analizaremos a las figuras de los ángeles suspendidos en la parte superior de la obra que a diferencia de los demás rostros de la composición, gozan de una expresión casi alegre y expectante. En primer lugar se distinguen tres figuras pintadas con gran detalle, detalle que les permite sobresalir en la obra por encima de las dos escenas anteriormente mencionadas. Se identifican por sus alas blancas definidas con delgadas pinceladas, acompañadas de efectos de luz y sombra; por sus rostros infantiles y delicados; y por su vestuario blanco y rojo que denota pureza y sacrificio. Así mismo, sostienen en cada mano una palma y una corona. Estas dos últimas imágenes están cargadas de contenido cultural e iconográfico. Recurriendo al bagaje cultural del que se dispone, la palma representa el martirio y la corona simboliza el homenaje que se le debe a aquellos que murieron por Cristo. Hay un ángel que resalta por encima de los otros al ubicarse en una posición central, mientras que los otros dos reposan sobre nubes cargadas de lluvia. Este factor entra a jugar un papel importante en la armonía entre el entorno y los personajes del cuadro. El clima, la tormenta se convierte en una extensión del sentimiento de la escena representada; la oscuridad se refleja en la agitación climática. No obstante, es posible ver como la oscuridad de las tinieblas, se ve opacada por la luz que irradian estas figuras angelicales. Tanto así, que si se detiene un poco más para observar dichas nubes, es posible encontrar las siluetas de dos ángeles más que surgen y se crean a partir de la misma tempestad. En estas figuras se centra gran parte del mensaje visual que la obra tiene la intención de divulgar.
Finalmente, en el centro una figura resalta por encima de las demás, la intuición nos permite concluir que se trata de la efigie a la que hace referencia el título de la obra, Santa Úrsula. Ubicada en el registro de los mártires, destaca el hecho de que aún se mantiene en pie, aún no cae ante la fuerza romana; la percibimos unos instantes antes de la muerte. A su vez, adapta una postura solemne, expectante. Su mirada tiene una gran fuerza ante esta perspectiva; esta se dirige hacia el firmamento donde se encuentran los ángeles. Casi pareciese que su mirada se dirigiera exactamente a ellos y contemplara lo que le espera en aquella vida eterna que profesa el cristianismo. Es posible vislumbrar una disposición de la mártir y los ángeles en forma de cruz, exaltando este ícono de la tradición cristiana. Igualmente, vestida con túnicas llenas de pliegues, y con un fino detalle elaborado alrededor del cuello, Santa Úrsula junta sus manos en señal de unión a sus creencias, pero dista de cumplir la misma función de la postura que adopta el sacerdote de la multitud de observadores. Su rostro es el resultado de la espera de la muerte y la llegada a la vida eterna. Empero, sus facciones se mantienen serenas; no se inclinan a expresar el terror de  la expiación, o la dicha de la retribución divina. Esto le otorga unas connotaciones tanto humanas como cristianas, bajo esta directriz es posible considerar una intersección de dos visiones distintas en una única realidad.
Es así como el “Martirio de Santa Úrsula” se convierte en una narrativa cristiana, que precisamente por la época y lugar en la que fue creada (siglo XVII en la Hispanoamérica colonial), nos permite concluir que tenía como objetivo la evangelización de los aborígenes. Con este fin, las imágenes alargadas y con terminaciones curvas que se desarrollan, son imágenes, que si bien exaltan realidades donde el sacrificio es una conducta regular, se hace de forma tal que el terror y el miedo se reemplacen por la admiración del espectador a los personajes centrales de la obra, en este caso Santa Úrsula. De tal manera, figuras y ambientes creados con una tendencia casi barroca y detalles estilísticos naturalistas, Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos logra crear una composición de mártires, observadores del martirio, soldados y ángeles, donde impera la oscuridad consignada por el uso de tonalidades rojas, cafés y negras. Hace así, un especial énfasis en la figura de Santa Úrsula, que se localiza en la parte central del cuadro en un primer plano, captando la atención del espectador; los soldados juegan un papel fundamental para descifrar la narrativa de la obra; por otro lado, los ángeles permiten enviar un mensaje claro acerca del triunfo de la vida eterna; y la multitud de observadores, así como los mártires caídos, son un aditivo que permite contextualizar histórica y culturalmente a la creación.

BIBLIOGRAFÍA

PANOFSKY, Erwin. Iconografía e Iconología: Introducción al Estudio del Arte del Renacimiento. En: PANOFSKY, Erwin. El Significado de las Artes Visuales. Madrid: Ed. Alianza. 1995. Pág. 45-75.

24 de abril de 2011

NACIMIENTO DE UNA MEMORIA RETRATADA

El siguiente post hace referencia a un análisis visual hecho a una de las obras de la artista Kseniya Simonova, artista ucraniana que trabaja con el performance en arena. El análisis fue realizado en el segundo semestre de 2010 para el curso de Historia de Arte de una Universidad de Colombia.


NACIMIENTO DE UNA MEMORIA RETRATADA:
EL DINAMISMO DE LA ATEMPORALIDAD EN LA OBRA DE KSENIYA SIMONOVA

“La diferencia entre el pasado, el presente y el futuro es sólo una ilusión persistente.” – Albert Einstein (1879 – 1955)



“The moment gives us a glimpse of timelessness, an impression that cannot be examined through the linear progression of time.” – Andrea Polli (2000)[1]




Con las nuevas realidades y sistemas de valores que nos rigen en la era posmoderna, el ser humano, y particularmente, el artista, se adentra en un viaje interior; en un viaje que busca lograr adaptarse a los nuevos medios de comunicación, con el fin de transmitir mensajes generados como reacción ante la cultura de la cual es fruto. Así, producto de los movimientos del siglo XX: el Dada, el Surrealismo y el Futurismo[2]; y de una sociedad hija de la posguerra[3], el performance se postula como una nueva alternativa que busca proponer una aparente solución al problema planteado. Desarrollado a partir del inicio de la segunda mitad del siglo pasado, y basado en la implementación del cuerpo, el sonido y las nuevas tecnologías en un espacio y tiempo determinados, el performance buscó deconstruir las formas y protocolos tradicionales del arte; buscó redimir a la expresión artística de la enajenación impuesta por las galerías y museos, al conferirle un nuevo carácter dinámico. En otras palabras, se trató de otorgarle al arte el valor de “existencia” dinámica y efímera, y no solo de la representación estática y perdurable de la misma.[4] Para ello, artistas como Jackson Pollock, Vito Acconci y Kseniya Simonova, se han valido de diferentes estrategias de representación para generar este nuevo tipo de expresiones artísticas. Particularmente, Simonova, una artista de corta trayectoria, trajo una propuesta innovadora en 2009, donde se encargó de generar una nueva experiencia correlacional entre ella, su obra, y los espectadores; se encargó de retratar diferentes memorias en el acto performativo de la animación con arena. Así, haciendo uso de una narrativa explorada a través de lo sensorial y emocional del ser humano, Simonova desvaneció los límites temporales y espaciales que rigen las concepciones del individuo, hasta el punto en el que la atemporalidad y las percepciones subjetivas se convierten en los factores hegemónicos que determinan la obra.
Valiéndose de las nuevas tecnologías, así como de materiales tradicionales de representación[5], la artista ucraniana se vale de la arena, la luz y la animación para crear una obra intempestiva que se desvanece con el nacimiento de cada idea y movimiento en el plano. Tan solo el uso de la luz y la sombra generada por el peso de la arena; conciben un modelado notorio; un claroscuro replanteado; la sensación de diferentes tonalidades de negro, café y sepia; y la aparición de diversas texturas que exaltan ciertos detalles. Es precisamente sobre este manejo de los sentidos y la concepción de sensaciones que la obra se desarrolla: una sensación de color cuando quien impera es la oscuridad; una sensación de movimiento en la imagen, cuando el único movimiento real es el de una sucesión progresiva de imágenes que se yuxtaponen a figuras previas. En pocas palabras, el dominio de sentidos y emociones que, a nivel metafórico, contemplan la fugacidad de la vida, del tiempo y del espacio.
Ahora cabe preguntarnos, ¿qué narrativa y representación cobija a la obra? Para dar respuesta a este planteamiento, es necesario captar la iconografía que se apropia de la producción artística: la aparición de aviones de guerra figurativos, sonidos de bombardeo, alarmas que evocan la muerte, imágenes de desolación y melancolía, además del valor agregado de una fecha, “1945”, nos permiten deducir que la historia narrada en la obra, transporta a los espectadores a los tiempos cobijados por la Segunda Guerra Mundial. Para su representación Kseniya emplea una línea tan fina como lo permite el material con el que trabaja y su propia intención. Sin embargo, resalta el desarrollo de una línea gruesa a lo largo de los contornos de cada imagen, creando así escenas figurativas donde se reconocen ciertos elementos de la vida cotidiana y escenas de género. Igualmente, es importante resaltar el empleo de representaciones apenas esbozadas que permiten al observador identificar las realidades desarrolladas; básicamente estas representaciones hacen referencia a elementos del paisaje que pasan a un segundo plano en la obra o a escenas en las que la emoción predominante se asocia a la soledad, la muerte y la nostalgia. Al mismo tiempo, es posible identificar el manejo de cierto naturalismo selectivo que trabaja con detalles surrealistas, permitiendo expresar con mayor claridad ideas más abstractas como las emociones y sentimientos de los personajes centrales de la obra. No obstante, dicho naturalismo se hace mucho más notorio en el trabajo realizado sobre las figuras humanas, como es el caso de las líneas de expresión, y se omite cuando el elemento resulta parcialmente irrelevante para la transmisión de las emociones de los personajes.
Más, ¿cómo lograr asociar la representación y la narrativa de la obra con la experiencia sensorial y emocional mencionada con anterioridad? Para dar respuesta a este cuestionamiento basta con rastrear la narración generada por Simonova: esta comienza con una escena nocturna acompañada de una melodía tranquila y solemne, donde las estrellas apenas se expresan por pequeños puntos irregulares en el firmamento. Una edificación humana a una distancia moderada y un camino iluminado por farolas contextualizan el ambiente, donde de una silla vacía nacen dos enamorados sin rostro. Sin embargo, en el ambiente se percibe un cambio; las estrellas se transforman en líneas alargadas, aviones figurativos; y la música es reemplazada por una voz distorsionada. Empero, ¿qué sucede durante el desarrollo de la obra?, ¿qué sucede mientras la obra va invadiendo la atmósfera? Sucede que a una corta distancia, espectadores silenciosos comienzan a recrear la escena en su interior. De pronto, el sonido que resulta nimio e inexistente en las obras tradicionales a nivel de pintura, escultura, arquitectura, entre otros; las imágenes, que parecieran tener vida propia; y el movimiento del cuerpo de la artista, fusionándose con el ritmo de su propia creación, se convierten en factores estimulantes del despertar de sentimientos y emociones ocultas en el individuo. Bien lo establece RoseLee Goldberg cuando enuncia que la respuesta de la audiencia ante el performance, se convierte en una respuesta de naturaleza netamente visceral.[6] Ahora, no se trata tan solo de observar una escena capturada en el tiempo, se trata de vivirla al compás de la música, el guión visual de las escenas y el dinamismo de su creadora.
Es así como se redefine las relaciones suscitadas alrededor de la obra, y la obra como tal. Entonces, la producción artística no se reduce a la obtención de un objeto definido el cual necesita de testigos para ser observado, sino de un instante de existencia en donde la obra concurre por y para una audiencia que redefine su rol, hasta convertirse en un creador activo de la misma, un “colaborador cinético” como lo define Goldberg[7]; y un artista encargado de provocar a los espectadores, en respuesta a un estímulo social y cultural, y así mismo, como agente de cambio de la misma realidad.[8] De tal manera, tanto artista como audiencia, se adentran en lo más profundo de su espíritu, no para testificar un hecho, sino para confesar sus más profundos temores y anhelos. Se rompe entonces con los linderos de lo privado, e invasivamente[9] se accede al mismo ser de los involucrados en la composición.

What, finally, are the dictates at issue here? That “the arts need witnesses,” certainly. But those witnesses now need some restructuring; they must be made to see anew. To see actively, to see critically, to see suspiciously. To see themselves doubled, maybe duped, by the artist who is the object of their gaze. To see art’s emotions and confessions as at best a form of burlesque.[10]

Así mismos, es acertado observar como Simonova emplea su material de trabajo para otorgarle un mayor dinamismo a la escena y expresar la desaparición de diferentes ambientes. Es usual contemplar bombardeos de arena que se funden con la experiencia sensorial y emotiva de la que son fruto artista y audiencia. De tal forma, el performance se convierte en un acto ritual[11] que hace alusión a la vida, donde artista, obra y espectador se deslíen en una sola composición creando un vínculo casi existencial entre ellos. El acto artístico se reduce al mismo acto de existir; de imprimirse en el recuerdo del pasado.
Una vez abordado el tema de la reacción que genera la narrativa y la representación del performance en los individuos, nos resta cuestionarnos acerca de cómo ello, no solo logra deconstruir los límites del tiempo y el espacio lineal que creemos vivir, sino además logra inmiscuirse en un tiempo y espacio que corresponde a lo emotivo y sensorial del ser humano. Bien hacía Andrea Polli al establecer que: “We consider time to be linear, with each point in time leading to another in succession. Yet, many claim to have experienced moments in time that seem to have a position outside of linear progession.”[12] Para ello, es importante resaltar que la narrativa se vale de un cierto grado de dinamismo que elimina el tiempo y el espacio cronológico para inmiscuirse en la exploración, no solo de una historia verídica que incumbe a la colectividad, sino de un sentimiento complejo que afecta al individuo. Así por ejemplo, es posible observar la aparición de escenas casi simultáneas que trasladan a la audiencia a diferentes espacios y momentos en cortos períodos de tiempo: se observa entonces, como un rostro femenino, es recorrido por una lágrima que denota dolor. Figuras humanas a penas esbozadas por movimientos rápidos de una mano que interactúa con la misma obra, se unen al sentimiento de melancolía y angustia expresado por la figura protagónica. Y de pronto, una voz masculina y armónica reemplaza la flemática voz que absorbía el ambiente. A su vez, las farolas de luz se convierten en una cuna que alberga a un infante que yace indiferente a una realidad que parece banal ante la majestuosidad de su calma. Entonces, la mirada de dolor de la figura femenina se transforma en la insinuación de una sonrisa cansada. Empero, la calma se interrumpe por la participación de Simonova, y puñados de arena cubren la escena para desdibujar la débil felicidad de los actores. Nuevamente, figuras sin rostro creadas con apenas unas cuantas líneas, surgen de la oscuridad, para desaparecer con la misma rapidez con la que fueron creadas, y así del caos renace la armonía de un rostro conocido.
Llegados a este punto, se dificulta el proceso de distinción entre lo que es ilusión y realidad. Entonces, nos encontramos navegando entre los linderos del pasado y el presente. Citando de nuevo a Goldberg podemos observar como: “From the vantage point of the present, the past is always in the process of being redrawn […]”[13]. De tal manera, se trae a colisión memorias colectivas[14] que se entrelazan con las propias. Esto se muestra en la obra, cuando al final de la misma, una mujer contempla a un hombre extraviado en el tiempo, perdido en el pasado, raptado por la guerra que parece bien definido en medio de un paisaje oscuro y difuminado. Un niño, tal vez ese mismo niño del principio, contempla por la ventana el anhelante retorno de lo que fue, o pudo ser pero nunca existió. Más no solo se trata de recordar el pasado y sus anhelos, sino de convertir en recuerdo el presente. Y es en este punto donde convergen todos los planteamientos desarrollados con anterioridad: la facultad que otorga la obra para poder retratar memorias pasadas, así como retratar la memoria de un presente efímero o de un pasado latente.
En conclusión, la obra desarrollada por Keseniya Simonova se centra en el uso de un naturalismo selectivo que se enriquece con el manejo de cierto grado de surrealismo y por el manejo de luz y sombra como “pigmento” base de la obra, utilizado para la transmisión de mensajes particulares emitidos por la artista. No obstante, es importante resaltar que la narrativa de esta temática no tiene una tendencia cronológica lineal, sino que se vale de una temporalidad sensorial y emotiva para ser narrada. Para alcanzar esta meta, Simonova utiliza diferentes estrategias multimedia donde se establece un vínculo existencial entre el artista, la obra y la audiencia, quienes se funden en una única composición. Es aquí donde la música, la imagen y el movimiento juegan un papel fundamental para provocar los sentimientos de los observadores, quienes se convierten en colaboradores cinéticos de la producción artística. Es posible así, observar como la artista crea un ambiente atemporal y dinámico que busca, no solo retratar la memoria colectiva de la humanidad, sino un sentimiento complejo que afecta al individuo: el nacimiento de una nueva memoria retratada en un tiempo y espacio casi espiritual.

Art can be viewed a parallel to memory. Many of the same terms are used to describe the two. For example, art and memory both employ and integrate the senses, both are representations, and both refer to a sense of timelessness. Art can evoke memory and vice versa.[15]

BIBLIOGRAFÍA


CRAIG, McDaniel; ROBERTSON, Jean. Science and Contemporary Art. En: Groove Art [base de datos en línea]. Oxford University Press. [consultado el 22 de noviembre de 2010]. Disponible en <http://www.oxfordartonline.com.biblioteca.uniandes.edu.co:8080/subscriber/article/grove/art/T2088866?q=science+and+contemporary+art&hbutton_search.x=0&hbutton_search.y=0&hbutton_search=search&source=oao_gao&search=quick&pos=1&_start=1#firsthit >
GOLDBERG, RoseLee. Performance Art: from Futurism to the Present. Londres: Thames and Hudson, 1993.
________. Performance: Live Art Since 1960. Nueva York: Harry N. Abrams Publishers, 1998.
POLLI, Andrea. Virtual Space and the Construction of Memory: Installation and Performance Work. En: Leonardo, Vol.31, No. 2 (1998); pp. 103-109.
WAGNER, Anne M. Performance, Video, and the Rhetoric of Presence. En: October, Vol. 91 (2000); pp. 59-80.
WANDS, Bruce. Art of the Digital Age. Londres: Thames and Hudson, 2006.







[1] POLLI, Andrea. Virtual Space and the Construction of Memory: Installation and Performance Work. En: Leonardo, Vol.31, No. 2 (1998); Página 103.
[2] WANDS, Bruce. Art of the Digital Age. Londres: Thames and Hudson, 2006. Página 122.
[3] GOLDBERG, RoseLee. Performance: Live Art Since 1960. Nueva York: Harry N. Abrams Publishers, 1998. Páginas 20, 37.
[4] Ibíd. p. 16.
[5] CRAIG, McDaniel; ROBERTSON, Jean. Science and Contemporary Art. En: Groove Art [base de datos en línea]. Oxford University Press. [consultado el 22 de noviembre de 2010]. Disponible en <http://www.oxfordartonline.com.biblioteca.uniandes.edu.co:8080/subscriber/article/grove/art/T2088866?q=science+and+contemporary+art&hbutton_search.x=0&hbutton_search.y=0&hbutton_search=search&source=oao_gao&search=quick&pos=1&_start=1#firsthit >
[6] GOLDBERG, Op. cit., p. 22.
[7] Ibíd., p. 10.
[8] Ibíd., p.13.
[9] WAGNER, Anne M. Performance, Video, and the Rhetoric of Presence. En: October, Vol. 91 (2000); Página 69.
[10] Ibíd., p. 80.
[11] GOLDBERG, Op. cit., p. 23.
[12] POLLI, Op. cit., p. 107.
[13] GOLDBERG, Op. cit., p. 11.
[14] GOLDBERG, RoseLee. Performance Art: from Futurism to the Present. Londres: Thames and Hudson, 1993. Página 153.
[15] POLLI, Op. cit., p. 108.